viernes, 25 de noviembre de 2011

Análisis de suelos en el Viñedo


ANÁLISIS DE SUELOS EN EL VIÑEDO

¿Por qué realizar análisis de suelos?
Porque si queremos conseguir el máximo rendimiento es imprescindible saber exactamente que tipo de abono y que cantidad hay que dosificar a cada parcela. Es decir, cantidad y calidad con el mínimo coste posible.
¿Cuándo debo realizar los análisis?
Siempre antes de plantar. El análisis debe ser completo, pues para alcanzar el objetivo de rendimiento es insuficiente el análisis de algunos parámetros “típicos” como pH, materia orgánica y cal activa. Después, es aconsejable repetir el análisis completo cada 3 - 4 años.
¿Qué muestras de suelo son necesarias?
Se debe recoger la muestra de tierra a unos 30 - 45 cm de profundidad y hacer un promedio de 4 catas por hectárea. Las submuestras se mezclan y se envía al laboratorio de análisis una alicuota de 2 a 3 kg de peso.
¿Quién puede realizar los análisis?
Un laboratorio autorizado por el Departamento de Agricultura, Ganadería y Pesca.
¿Cuándo se tarda en conocer los resultados?
Gracias a la tecnología de hoy día en sólo 5 días se pueden obtener resultados certificados, garantizados y avalados por más de 8.000 análisis y diversos trabajos de investigación sobre la especialidad.

Precios aproximados:
Análisis reducido de la fertilidad del suelo 90 €
pH en agua destilada, Cal activa, Materia orgánica (oxidables), Salinidad (conductividad)
Análisis de la fertilidad del suelo 188 €
pH en agua destilada, Salinidad (conductividad), Carbonatos, Cal activa, Materia orgánica (oxidables), Carbono orgánico, Nitrógeno total, Relación carbono / nitrógeno, Fósforo, Potasio, Sodio, Calcio, Magnesio
Análisis completo de la fertilidad del suelo 222 €
pH en agua destilada, Salinidad (conductividad), Carbonatos, Cal activa, Materia orgánica (oxidables), Carbono orgánico, Nitrógeno total, Relación carbono / nitrógeno, Fósforo, Potasio, Sodio, Calcio, Magnesio, Grava, Arena, Arcilla, Limo, Clasificación

ANÁLISIS DEL TERRENO

Desde hace años hay importantes métodos para valorar la calidad físico-química del terreno mediante catas de tierra y su posterior estudio con el propósito de permitir una mejor gestión del viñedo.

No se puede excluir el conocimiento del contenido de sustancias nutritivas del suelo y del estando nutricional en que se encuentra el cultivo si se desea plantear correctamente la producción de un viñedo y también evitar exceso en los abonos que puede ser perjudicial tanto para el producto final como para el medio ambiente. Para un correcto mantenimiento de la viña hay que tomar medidas para prevenir carencias y al mismo tiempo mantener un adecuado nivel nutritivo del viñedo.

El análisis físico-químico del terreno, además de complementar el análisis de las hojas en los abonos de producción, ofrece información esencial para actuar correctamente durante el momento de la plantación y en la gestión del viñedo permitiendo:

- Prever una aportación de los elementos nutritivos ausentes.
- Realizar correcciones en terrenos anómalos como ácidos y salinos.
- Elegir el portaingerto que se adapte mejor a las condiciones del suelo.
- Prever el comportamiento de los fertilizantes que se usarán en el viñedo y, por tanto, elegir los más eficaces.

Hay que tener en cuanta que no solo basta el análisis del terreno para obtener toda la información necesaria. El resultado productivo de la viña es fruto de complejas interacciones entre la variedad, suelo, clima, relieve y técnicas de cultivo, que obviamente, no surgen de un simple análisis.

IMPORTANCIA DEL SUELO EN EL VIÑEDO

La capa viva de transformación de la corteza terrestre sólida, formada bajo el influjo de la vida y las especiales condiciones  ambientales de un hábitat biológico. El suelo no es un soporte inerte, sino que está sometido a un cambio estacional permanente y a un desarrollo característico. Al disgregarse las rocas se originan coloides minerales (arcillas), y más tarde la vida se puede ya instalar en ese medio. A partir de ese momento, la vida deja sus desechos en forma de humus, reaccionando y formando coloides orgánicos. El suelo natural se origina por la transformación de la roca madre subyacente, mientras que el suelo agrícola o tierra cuando el hombre la laborea y la cultiva. Precisamente el cultivo tiene como fin ablandar el suelo y crear una estructura que favorezca el crecimiento de la planta. Por eso el suelo vitícola puede definirse como el resultado de la modificación de un suelo natural por el sistema radical de la vid y las técnicas de  cultivo, contando naturalmente con las transformaciones temporales debidas a las condiciones ecológicas locales y a la acción del hombre.

La vid tiene raíces hondas, por lo que explota no sólo la capa superficial de tierra arable sino también horizontes más profundos. La composición y la estructura de los suelos tienen decisiva importancia en la producción del viñedo. El medio ideal para el metabolismo de la viña es un suelo superficial y un subsuelo profundo que pueda ser explorado por las raíces para extraer sus reservas de agua. Por eso, cuando se define un pago de vid, hay que referirse inmediatamente al suelo, aunque éste pueda verse influenciado por otras cualidades definitivas (clima, paisaje, condiciones de cultivo). De una forma genérica, se pueden distinguir suelos arcillosos (con más de un 30 % de arcilla), suelos arenosos (con menos del 15 % de arcilla y de limo), suelos limosos (con más del 50 % de arcilla y limo), suelos gumíferos (con más del 10 % de humus), suelos de gravas (compuestos por guijarros y cantos rodados, procedentes de los aluviones) y suelos de margas (compuestos de calizas y arcillas).

Las características térmicas del suelo influyen en el ciclo de la viña. Los suelos cálidos (grava, arena, limo) adelantan la maduración de la vendimia, mientras que los suelos fríos (arcillas y margas) retardan la madurez. De la misma forma, los suelos de estructura pesada y seca con más cálidos que los suelos ligeros y húmedos. Los suelos alcalinos y calcáreos, como las famosas albarizas, producen vinos punzantes, con estructura elegante y buena acidez frutal. Sin embargo, el uso de ciertos fertilizantes ha diminuido la alcalinidad de muchos suelos y, por eso, los vinos tienen hoy tendencia general a ser más blandos y menos ácidos. Los suelos oscuros reflejan menos el calor del sol y la luminosidad que los suelos claros. La perfecta alianza de una determinada variedad con el suelo más idóneo produce los grandes vinos. Así, por ejemplo, la Merlot cultivada en arcillas pesadas exhibe sus mejores cualidades de suavidad, finura y carnosidad. Lo mismo ocurre con la alianza de la Cabernet Sauvignon y las gravas, o de la riesling y la garnacha con los suelos de pizarra.

La viña aprecia los suelos pobres que otros cultivos no aceptan, siempre que no haya carencias. Uno de los mejores ejemplos lo proporcionan las locorelles del Priorato, los esquistos de Mosela o del Duero y los cantos rodados de Chateauneuf-du-Pape. Los cantos rodados presentan además la ventaja de almacenar el calor durante el día y liberarlo a las cepas durante la noche. En estas tierras pobres, la vid está obligada a hundir sus raíces profundamente en el suelo, lo cual tiene el efecto de regularizar el aporte de agua a las cepas. Sean cuales sean las precipitaciones, la humedad está asegurada en el momento del crecimiento de la planta (en primavera). Además, durante la fase de maduración, los excesos de agua de lluvia sólo tienen consecuencias limitadas. La importancia del régimen hídrico también aparece en el caso de los viñedos de Pomerol. Algunos de los crus más célebres, principalmente Pertus y Trotanoy, extraen su principal originalidad de la presencia de arcillas hidromorfas, que se hinchan con la lluvia y de este modo protegen a la planta sirviéndole de impermeable. Sin olvidar los alios formados por concreciones férricas en el Médoc, Graves y en Saint-Émilion, así como en los mejores viñedos australianos de Coonawarra. Estas capas de alios se dan en algunos viñedos que tienen un régimen pluviométrico muy seco durante el verano, circunstancia que siempre puede contribuir a la calidad. La importancia de la textura del suelo es también decisiva en las albarizas que producen los vinos jerezanos, ya que estos suelos calcáreos permiten un buen drenaje del agua, tan importante en estos viñedos situados en clima muy cálido. El mayor o menor pH del suelo influye también sobre la alimentación de la planta y su crecimiento, sobre todo porque el pH del suelo es en realidad el pH del agua en contacto con el suelo.

No existe un terruño ideal que pueda aplicarse a todas las variedades de vid. El cultivo de la viña exige ciertas condiciones cuando se trata de mantener pequeñas producciones de calidad. El suelo no debe ser muy rico, para que la vid no sea demasiado vigorosa no la uva demasiado grande. Tampoco esto significa que el suelo deba presentar carencias: el equilibrio es siempre importante y el agricultor debe tenerlo en cuenta. Por su naturaleza, el terruño debe poder aportar ciertos caracteres organolépticos al vino. Su pobreza es un elemento de calidad del vino, pues favorece rendimientos limitados que evitan la dilución de los colorantes, de los aromas y de los componentes del aroma. Aunque todos los intentos orientados a probar que hay sustancias que pasan del suelo a la uva y al vino han fracasado, es probable que la naturaleza del suelo marque el carácter del vino. La textura del suelo no desempeña un papel decisivo, en cambio, su estructura debe permitir una macro porosidad elevada, a fin de evitar un estancamiento del agua a nivel de las raíces.

Algunos de los mejores terruños se sitúan en laderas de colinas bien expuestas. Esta situación tiene un doble efecto: garantizar una buena insolación y asegurar un drenaje natural del terreno. Ése  es el caso, por ejemplo, del pago de Milmanda, que se halla al pie de la sierra de Prades, ocupando un pintoresco paisaje de colinas que se disponen en dirección oeste-este. Los viñedos que producen el oporto o las empinadas laderas del Priorato también son un buen ejemplo.

Por todo ello, el plantar un viñedo es necesario conocer las características del suelo: textura, estructura, composición, pH, contenido en calcáreo, etc. De estas circunstancias depende nada menos que la elección acertada del portainjerto adecuado para prosperar en los diferentes tipos de suelos. Algunos, como la Riparia Gloria de Montpellier o la Riparia Rupestris enferman de clorosis cuando el suelo es demasiado rico en carbonato cálcico. Otros, como los híbridos de Candicans, prefieren los suelos ácidos de pizarra, y otros, como la Rupestris de Lot, no aceptan suelos húmedos. Los Vinífera-berlandieri son muy aceptados en los suelos calcáreos, y algunos sufren mucho la carencia de magnesio, como el Fercal. Pero no sólo la composición y la textura del suelo es importante. El viticultor puede intervenir sobre la forma en que las plantas explotan sus recursos y colonizan el suelo, variando la densidad de plantación. Una mayor densidad de plantación ayuda a las viñas que se cultivan en suelos secos.

Suelo Activo: Suelo con condiciones biológicas favorables, caracterizado por colonización amplia por organismos así como por descomposición y humificación buena y rápida de las sustancias orgánicas (especialmente abonos orgánicos y abonos verdes).

Suelo Fósil: Suelo fosilizado, muerto, enterrado, petrificado, en muchos casos variado diagenéticamente, por ejemplo endurecido por cementos, transformado por carbonización de carbonos, areniscas carbonosas, etc.

Suelo Reciente: Suelo formado en las condiciones de hábitat actuales.

Suelo Relicto: En contraposición a suelo reciente y suelo fósil, el suelo que en muchas características esenciales permite reconocer actualmente que su formación se ha producido bajo condiciones ambientales y clima de épocas pasadas, pero que en su actual hábitat aún forma la capa superficial viviente de la corteza terrestre sólida.

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