jueves, 16 de febrero de 2012

Fungicidas de Utilización Vitícola


FUNGICIDAS DE UTILIZACIÓN VITÍCOLA

El cultivo de la viña en España es uno de los más importantes en extensión, aproximadamente 1.200.000 has. (MAPA 1994), tan sólo superado por los cereales y el olivar.

El coste total anual por el uso de fungicidas para el control de las enfermedades que amenazan este cultivo puede cifrarse en unos 3.700 millones de pesetas, que corresponde al 19% del total de fungicidas utilizados en el conjunto de todos los cultivos (AEPLA, 1997).

Con respecto a las enfermedades que atacan a la viña, las más importantes a nivel epidemiológico y económico son el mildiu, que supone 1.800 millones de pesetas (53%) y el oídio, con 1.250 millones (36,8%), seguidos a gran distancia por la podredumbre gris, con 290 millones (8,5%). Estas tres enfermedades constituyen el 90% del costo sanitario en el control de los problemas causados por hongos fitopatógenos.

FUNGICIDAS PARA EL CONTROL DEL MILDIU

El mildiu de la vid, enfermedad causada por Plasmopara viticola, existe en la mayoría de los países del mundo donde se cultiva la vid, y, especialmente, en Europa. Este hongo es originario de América del Norte, y fue introducido en Europa alrededor de 1875. La vid Europea, Vitis vinifera, era extremadamente sensible a la enfermedad, la cual se diseminó de forma generalizada por los viñedos europeos, destruyendo el cultivo a su paso. Esta enfermedad es actualmente una de las más destructivas de los viñedos europeos, afecta a las hojas y al racimo, y repercute negativamente en la calidad del vino. Provoca defoliación, reduce la cantidad y calidad de los granos de uva, y seca los nuevos brotes. Cuando las condiciones climatológicas son favorables para el desarrollo de la enfermedad, ésta puede llegar a destruir del 50 al 75% de la cosecha (Agrios, 1997). La mayoría de las variedades europeas, incluso aquéllas que son relativamente resistentes, necesitan ser protegidas mediante el uso de fungicidas para un control adecuado de la enfermedad. En España, el mildiu es una enfermedad endémica en los viñedos de las zonas del Norte, donde la pluviometría es más abundante.

Los fungicidas anti-mildiu se dividen en tres grandes grupos, diferenciados entre sí en función de su forma de acción:

1. Fungicidas de contacto: cúpricos, orgánicos y sus mezclas.

Dentro de los cúpricos podemos encontrar hidróxido, oxicloruro, óxido y sulfatos.
Los orgánicos están sub-divididos en 2 familias: las ftalimidas (Captan, Captafol y Folpet) y los ditiocarbamatos (Mancozeb, Maneb, Metiram y Zineb).

Son productos preventivos con actividad por contacto, y con un modo de acción multi-localizado, basado en la intoxicación por sustitución de otros metales, en el caso del cobre, o en la interferencia en los procesos de respiración y metabolismo. Producen una capa, en la superficie de los órganos de la planta, que actúa de barrera ante la germinación de los esporangios y las zoosporas.

2. Fungicidas penetrantes: Cimoxanilo, Dimetomorf y análogos de la Estrobilurina.

Se caracterizan por presentar un sistemia limitado (local) por translocación, variable en función del producto.
Cimoxanilo combina la actividad curativa y preventiva con un modo de acción multi-localizado, aunque desconocido todavía, y una baja persistencia. Se encuentra formulado en mezcla con otros productos.

Dimetomorf es una morfolina, con eficacia exclusiva contra oomicetos, que inhibe la formación de la membrana celular.
Los análogos de la Estrobilurina (Azoxistrobin) son fungicidas de síntesis, de última generación, con un amplio espectro de actividad. Su estructura química está basada en productos antimicóticos de origen natural (Estrobilurina y Oudemansina) producidos por hongos, y tienen una actividad principalmente preventiva (aunque también presentan cierto efecto curativo), basada en la interferencia sobre la respiración mitocondrial.

3. Fungicidas sistémicos: fenilamidas y Fosetil-Al.

Las fenilamidas (Benalaxil, Metalaxil, Ofurace y Oxadixil) son fungicidas sistémicos (de movimiento ascendente), con acción preventiva y curativa (aunque se recomiendan en aplicaciones preventivas), altamente eficaces y específicos en el control de oomicetos. Para su uso en aplicación foliar se encuentran formulados en mezcla con productos de contacto o penetrantes. Presentan un modo de acción basado en la inhibición de la síntesis del RNA ribosómico.

Fosetil-Al tiene una marcada sistemia en ambas direcciones (ascendente y descendente), y una actividad principalmente preventiva. Se encuentra también formulado en mezcla con productos de contacto y penetrantes. Su modo de acción es multi-localizado sobre el metabolismo de los aminoácidos.

FUNGICIDAS PARA EL CONTROL DEL OÍDIO

El oídio, causado por Uncinula necator, es una enfermedad que, procedente también de América del Norte, apareció en Europa antes que el mildiu. En España es la enfermedad más extendida dentro de los viñedos, y su severidad es cada vez más acusada, debido en gran parte a la generalización del uso de variedades tan sensibles como Tempranillo, Cabernet-Sauvignon, Chardonnay, Mazuelo, y Merlot (Pérez de Obanos, 1996). Sus daños se manifiestan sobre la superficie de los órganos verdes de la planta, pudiendo atacar a hojas, brotes y racimos. El ataque sobre los racimos es, sin duda, donde mayor daño causa el hongo y, aunque el ataque puede darse sobre racimos en pre-floración, la receptividad óptima se da sobre racimos con frutos cuajados (tamaño guisante). Debido a su ataque, el crecimiento del grano se paraliza, éste toma un color blanquecino, que con el tiempo vira a negruzco, y tiende a rajarse antes de llegar al envero. Las condiciones que favorecen el ataque y proliferación del hongo son el ambiente confinado, con alta humedad relativa y temperaturas cálidas, con un óptimo de 25

Aparte de las medidas culturales que pueden tomarse para reducir la incidencia de la enfermedad (variedad, manejo del riego, deshojado, despuntado y recorte de sarmientos, etc.) y de algunos avances en el control biológico (ej.: hongo antagónico Ampelomyces sp.), el peso más importante del control de la enfermedad recae sobre el uso de fungicidas.

Podemos agrupar los fungicidas anti-oídio de la siguiente manera:

1. Fungicidas tradicionales de contacto: Azufre y Dinocap.

Son productos con actividad preventiva por contacto, que presentan un modo de acción multi-localizado sobre los procesos de respiración y metabolismo del hongo, y una acción exclusiva contra oídio.

2. Inhibidores de la desmetilación (DMIs): comprenden las piperazinas (Triforina), piridinas (Pirifenox), pirimidinas (Fenarimol y Nuarimol), y el gran grupo de los triazoles (Ciproconazol, Diniconazol, Fembuconazol, Fluquinconazol, Flusilazol, Hezconazol, Miclobutanil, Penconazol, Tetraconazol, Triadimenol y Triflumizol).

Son fungicidas sistémicos con movimiento ascendente (existiendo gran variabilidad en función del fungicida), con actividad preventiva y curativa, que comparten el mismo modo de acción: inhiben la síntesis biológica de los esteroles (componentes fundamentales de las membranas celulares del hongo) a nivel de la desmetilación de la posición C14. Presentan un amplio espectro de actividad (sin incluir oomicetos) y un alto nivel de eficacia contra oídio.

3. Fungicidas de nueva generación: quinolinas (Quinoxifen) y análogos de la Estrobilurina (Azoxistrobin y Kresoxim-metil).

Quinoxifen es un fungicida preventivo de actividad exclusiva y elevada, por contacto, contra oídios. Todavía no se conoce su modo de acción.

Como ya se mencionó anteriormente, los análogos de la Estrobilurina son fungicidas con amplio espectro de actividad (incluidos oomicetos), cuyo nivel de eficacia varía grandemente en función de la sustancia activa en cuestión. Tienen una forma de acción relacionada con la inhibición de la respiración mitocondrial.

FUNGICIDAS PARA EL CONTROL DE LA PODREDUMBRE GRIS

Botrytis cinerea es un hongo que comparte comportamientos patógeno y saprófito. Aunque su incidencia en la franja mediterránea no es excesivamente importante, es una de las enfermedades más destructivas cuando las condiciones son favorables para su desarrollo, ya que su incidencia, en nuestras condiciones, se concentra principalmente en los racimos en los estadios fenológicos cercanos a la cosecha. El ataque de Botrytis no sólo incide negativamente sobre el peso del racimo, sino que, además, perjudica en gran medida la calidad de los mostos y del vino. En los mostos, produce degradación de azúcares, modificación de los equilibrios ácidos, degradación de compuestos nitrogenados, carencia de vitaminas, y aparición de una actividad enzimática característica, la Lacasa, que modifica de manera irreversible el potencial inicial de los mostos. Sobre el vino, las alteraciones generadas por la podredumbre gris inciden drásticamente en el sabor y el color. Provoca una alteración importante en el color original, pudiendo, en casos extremos, hacer virar los colores rojos de los vinos tintos hacia el marrón. Conlleva la desaparición de aromas afrutados que, normalmente, se miden por el nivel de terpenoles (Linalol y Geraniol). Variable según el grado de ataque, esta pérdida de aromas viene acompañada de la aparición de sabores indeseables a fenol, iodo y moho. En resumen, el ataque de Botrytis provoca una oxidación prematura del vino, lo vuelve frágil, y limita sus posibilidades de conservación (Piva y di Pillo, 1994).

Al igual que para las enfermedades mencionadas anteriormente, el control adecuado de la podredumbre gris está fundamentado en la utilización de fungicidas. Existen medidas culturales que ayudan a mitigar el impacto de la enfermedad y algunos agentes de control biológico dignos de considerar, como es el caso del hongo antagonista Trichoderma sp.

Podemos distinguir también contra este patógeno varios grupos de fungicidas, más o menos específicos y activos, en función de su forma de empleo:

1. Fungicidas de contacto: ftalimidas (Captan, Captafol y Folpet). Productos preventivos con actividad por contacto y con un lugar de acción multi-localizado, basada en la inhibición de algunos procesos del ciclo de respiración y metabolismo.
2. Benzimidazoles (Benomilo, Carbendazima, Metil-tiofanato y Tiabendazol). Fungicidas sistémicos con actividad preventiva y curativa, de amplio espectro y forma de acción muy específica. Bloquean la división celular a nivel de los microtúbulos.
3. Dicarboximidas (Clozolinato, Iprodiona y Procimidona). Fungicidas sistémicos con actividad preventiva y curativa, específica contra Botrytis, y modo de acción muy selectivo, inhibiendo la división celular.
4. Fenilcarbamatos (Dietofencarb). Sistémico también que influye igualmente en la división celular pero que, como característica fundamental, presenta resistencia cruzada negativa con las dicarboximidas.
5. Sulfamidas (Diclofluanida). Presenta un amplio espectro de eficacia (incluyendo oomicetos). Posee un modo de acción multi-localizado, actuando sobre los procesos de respiración, y actividad preventiva y curativa.
6. Anilinopirimidinas (Ciprodinil, Mepanipirim y Pirimetanil). Nueva clase de fungicidas sistémicos con un mecanismo de acción diferente al de los anteriores. Su actividad está basada en la inhibición de la síntesis de los aminoácidos. Tienen un espectro de actividad relativamente amplio, y un grado de eficacia contra Botrytis muy elevado. Ciprodinil y Mepanipirim están actualmente en proceso de registro en nuestro país.
7. Fenilpirroles (Fludioxonil). Compuestos de síntesis derivados del Pirrolnitrin, agente anti-fúngico de origen natural que es segregado por algunas bacterias del género Pseudomonas. Fludioxonil es preventivo y altamente eficaz contra Botrytis cinerea. Fludioxonil estimula la síntesis del Glicerol (sustancia reguladora de la presión osmótica intercelular), provocando hipertrofia y bloqueando el crecimiento de las células del hongo. Fludioxonil está actualmente en proceso de registro en nuestro país, para su uso en el cultivo de la viña.

INFLUENCIA DE LA APLICACIÓN DE FUNGICIDAS SOBRE LOS PROCESOS DE FERMENTACIÓN

Todos los fungicidas autorizados en el cultivo de la viña tienen fijado un Límite Máximo de Residuos (LMR) en uva, determinado en función de sus caraterísticas toxicológicas, prácticas agrícolas, ingesta diaria, plazo de seguridad, etc. No existen, ni en la legislación española ni en la europea, Límites Máximos de Residuos oficiales para el vino. La cantidad final de residuos de fungicidas en uva, en tiempo de cosecha, depende del tipo de producto utilizado, número y momento de aplicaciones, dosis empleada, climatología, y tiempo transcurrido entre la última aplicación y la vendimia. En la degradación de los residuos hasta la cosecha intervienen factores de tipo físico, mecánico y químico. A partir de la entrada en bodega, intervienen otros factores importantes de reducción, como el prensado, eliminación de las heces, adición de clarificantes, y la fermentación. Estos procesos tienen un efecto positivo en la disminución de los residuos de fungicidas durante el proceso de vinificación (Coscollà, 1993).

Normalmente se asume que la utilización correcta de los fungicidas para el control de las enfermedades de la viña no causa ningún problema de residuos y ninguna alteración sobre los procesos de transformación, ya que los niveles potenciales de residuos, asumiendo un uso adecuado, están por debajo de aquéllos que pudieran ser perjudiciales (García-Cazorla y Xirau-Vayreda, 1994), y no deberían exceder los Límites Máximos de Residuos en uva, que han sido fijados, también, de acuerdo con la ausencia de efectos negativos sobre los procesos posteriores de vinificación. Sin embargo, existen algunos fungicidas potencialmente perjudiciales para estos procesos, si, debido a un uso incorrecto, sus niveles de residuos están por encima de unos niveles críticos. Se citan, en este sentido, dentro de la bibliografía existente sobre el tema, algunos grupos de riesgo: El cobre, las ftalimidas (Captan y Folpet), la sulfamida Diclofluanida, y algunos triazoles (Mezieres y Carbonell, 1988).

El Oxicloruro de cobre a concentraciones muy elevadas (50 ppm de Cu) puede provocar la disminución de la velocidad de fermentación y de la población de levaduras viables, si bien a concentraciones más habituales (5 ppm) no se observan tales efectos (Fort et al., 1997). La Diclofluanida, a partir de 0,3, y a 1 ppm, puede ejercer una acción negativa sobre las levaduras y un retraso en la fermentación alcohólica (Fort et al., 1997; Otero et al., 1993; Coscollà, 1996). Este retraso fermentativo ha sido también evidenciado con niveles de residuos de ftalimidas (Captan y Folpet) del orden de 1 ppm (Otero et al., 1993; Coscollà, 1996). Los triazoles Triadimefon y Triadimenol, a partir del umbral de 0,5 ppm, han demostrado también la posibilidad de influir sobre la velocidad de fermentación (Mezieres y Carbonell, 1988), pudiendo, en el caso del Triadimefon, aumentar la acidez volátil y los azúcares sin fermentar (Coscollà, 1993).

En la literatura consultada, no se reportan efectos indeseables sobre estos procesos, con los siguientes fungicidas: anilinopirimidinas y fenilpirroles (Siegfried et al., 1996; Sylvestre et al., 1997), benzimidazoles y dicarboximidas (Coscollà, 1993), ditiocarbamatos, fenilamidas y Cimoxanilo (Mezieres y Carbonell, 1988).

Si bien existe un riesgo potencial con algunos fungicidas, cuando éstos son aplicados de manera inadecuada, en condiciones normales de empleo (respetando las recomendaciones de uso), éstos no provocan incidencias significativas sobre la evolución fermentativa de los mostos (Mezieres & Carbonell, 1988).

CONCLUSIONES

La utilización de productos fungicidas en la viticultura es, hoy por hoy, un arma fundamental para el control adecuado del complejo de enfermedades que pueden causar pérdidas muy importantes de cosecha, así como efectos negativos en la calidad de los vinos. Para cada enfermedad, existe una gran abanico de familias con diferentes modos de acción, que permite un uso racional mediante programas adecuados que integren estrategias anti-resistencia. El uso correcto de estos productos se traduce en un aumento del rendimiento y en la mejora de la calidad. Cualquier posible efecto negativo sobre los procesos de fermentación puede ser evitado si respetamos las recomendaciones de utilización, que podemos resumir en 3 puntos importantes: emplear productos autorizados, no sobrepasar las dosis ni el número de aplicaciones autorizados y respetar el plazo de seguridad desde la última aplicación hasta la cosecha.

Por otro lado, la aparición de nuevos fungicidas cada vez más eficaces y con perfiles eco-toxicológicos más adecuados ayudarán a mantener una buena protección del cultivo, evitando cualquier impacto negativo dentro de una agricultura sostenible que integre diferentes métodos de control.

Fuente: Juan Antonio López Fernández, Novartis Agro S.A. Departamento I+D

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