domingo, 5 de agosto de 2012

¿Cual es el Mejor Vino de Rioja?


¿CUAL ES EL MEJOR VINO DE RIOJA?

El mejor vino de Rioja es aquel que te gusta a ti más. Es decir cada persona percibimos la calidad de los vinos de diferente manera, hay personas que perciben la calidad en vinos voluptuosos, carnosos, afrutados, jóvenes y hay otras personas que perciben la calidad en vinos más ligeros, aterciopelados, delicados, complejos, añejos y todos estos matices también pueden ser combinados de muchas maneras. ¿Cuál es mejor? Eso depende de cada persona, no debería ser una cosa dogmática.

Evidentemente también hay ciertos parámetros mínimos para considerar un vino de calidad aceptable o no. En realidad un vino de calidad debería ser redondo, que no tenga aristas, que no domine la madera, la acidez, el alcohol, el amargor, el dulce, lo afrutado, es decir que estén todas estas sensaciones bien ensambladas, armoniosamente conjugadas y equilibradas. También debería ser original, que tenga un toque de particularidad que le haga destacar y sobresalir del resto. Además debe expresar el terruño o el lugar de donde procede que no sea uno de esos vinos que se podría hacer o clonar en cualquier parte del mundo.

LOS DIFERENTES TIPOS Y ESTILOS DE LOS VINOS DE RIOJA

Hoy la Rioja posee un gran abanico de estilos de vino. Cada día que pasa es más dificil definir los estilos de vino con la facil simplificación de vinos clásicos y modernos, ya que las bodegas ofrecen una amplia gama de gustos.

Blancos jóvenes:

La Viura es la variedad tradicional que produce vinos elegantes, frescos, de color amarillo verdoso, con estructura media, aromas agradables de fruta, manzana, cítricos, que junto a la Malvasia de Rioja o la Garnacha Blanca, adquiere si cabe una mayor complejidad.

Tanto en la nariz como en la boca dejan una sensación fresca, afrutada y relativamente ligera. Estos vinos son ideales para acompañar el pescado, puesto que su acidez junto al limón, o bien como sustituto del mismo, podría aligerar estos platos, incluso si se trata de pescados relativamente grasos o para cuya preparación se haya agregado mucha grasa.

Estos vinos de textura fina que no cansan las papilas gustativas, se pueden tomar también con una gran diversidad de entrantes, aperitivos y entremeses, verdura y legumbres ligeras, ostras y mariscos, quesos de cabra. Entre éstos se cuentan toda clase de aves de carne blanca, pescados blancos, incluso sopas cremosas y ensaladas, siempre que estas últimas no lleven mucho dulce en el aliño.

Blancos fermentados en barrica:

La fermentación en barrica. Es una modalidad, de influencia francesa, de fermentar uvas seleccionadas en barricas nuevas, generalmente de roble francés, con técnicas como el battonage (removido de las lías), da lugar a unos vinos con notas de tostados, frutos secos y ahumados procedentes de la madera. El color es amarillo subido, y en boca encontramos sensaciones cremosas y balsámicas.

La acidez de estos vinos se puede considerar más bien moderada, puesto que normalmente son procesados mediante la transformación maloláctica de los ácidos. Así el sabor dulce del alcohol disimula un poco su acidez. Son un buen acompañamiento de platos de pescado, cangrejos, menestras, hojaldres de verduras.

Al elegir guisos preparados con bastante nata o mantequilla se obtiene casi siempre un buen resultado dada la textura cremosa, pero también la primera impresión de dulce que dejan estos vinos. El contenido graso de la comida reducirá el efecto astringente de los taninos de la madera en el vino, mientras que, por su parte, los ácidos harán disminuir la sensación grasa de los alimentos.

Blancos con crianza:

Por lo general, la fermentación se realiza en depósitos y una vez fermentado el vino, se pasa a barrica de roble, donde realiza una crianza que, en función de su permanencia, saldrá al mercado con la contraetiqueta de crianza, reserva o gran reserva. Son vinos con tonalidades de color variadas que van de un intenso color dorado al ámbar o al oro pálido ligeramente evolucionado. Los aromas tienen los recuerdos de la uva madura y el roble. En nariz evolucionan a tonos melosos y perfumados. En boca son complejos y sensaciones persistentes.

A menudo los vinos blancos criados en madera recuerdan a los grandes tintos debido a su contenido alcohólico, en muchos casos, de 13% vo., y a su extructura exuberante. Tienen además en común una estructura tánica que en el caso de los blancos se debe más a la madera de las barricas que a las uvas.

Por regla general, estos vinos, presentan un buen potencial de maduración en botella, que ya muestran en su juventud un aspecto sorprenentemente voluminoso. Son un buen acompañamiento de pescados sustanciosos, asados de carne blanca y comida ahumada. Los crustáceos, con su natural sabor algo adulzado es una gran opción.

Pero en realidad no son vinos faciles de maridar, ya que no es recomendable como acompañante de pescados blancos, puesto que su alto contenido acohólico le daría al pescado un regusto a viejo y graso. La salsa ligeramente ácida, que suele acompañar a algunos pescados, haría por el contrario que este vino aparecieze dulzón y pesado. Por otra parte la unión de sabor "blanco" con la textura "roja" hace que estos vinos sean muy apreciados por expertos sommelieres.

Blancos y rosados dulces y semidulces:

Son vinos de gran potencia aromática, se elaboran como los blancos y rosados, a los que se les corta la fermentación en su tramo final con el objetivo de mantener parte de sus propios azúcares. Se convierten en vinos delicados, dulces o semidulces, dependiendo del tipo de elaboración realizada y del momento en que se haya cortando la fermentación. Se caracterizan por sus notas florales y frutales. En boca resaltan la armonía del dulzor y el acohol, son sabrosos e intensos.

Son vinos muy adecuados para saborear con aperitivos, postres y dulces. Los semi-dulces son la mejor opción para los postres con frutas. Los quesos fuertes, tipo roquefort o cabrales, se combinan bien con vinos dulces y licorosos, ya que así se obtiene un interesante y delicioso contraste entre los salado y lo dulce. La canela si se utiliza en postres o repostería, se la potencia con una copa de moscatel joven.

Rosados y claretes:

En los claretes normalmente se utilizan uvas tintas y blancas, realizando la fermentación con los hollejos, con o sin sangrado. El color varía del clor salmón al piel de cebolla. En nariz son florales y frutales. En boca, tienen un punto de acidez muy agradable; son suaves, ligeros, refrescantes y un retrogusto con recuerdos afrutados.

Los rosados proceden principalmente de uvas tintas; donde se produce una cierta maceración de la uva, sin que llegue a fermentar, hasta alcanzar la pigmentación deseada. Posteriormente se realiza el sangrado o separación rápida del mosto y la pasta sólida. Otra forma de hacerlo es por prensado directo, que seria igual que un proceso de vinificación en blanco, la única diferencia es que el prensado se hace con uvas tintas o con la mezcla, y no con uvas blancas. De este modo, el contacto con los hollejos tintos sólo se produce durante el prensado. El color varía de frambuesa a rosa cereza con tonos violetas, en función de las variedades utilizadas y el tiempo de maceración; en nariz suelen ser muy afrutados con un fondo floral, donde destacan el fresón, la frambuesa y la cereza. En boca son frescos, destacando la fruta, y, si su acidez es equilibrada, se hacen vivos, con un postgusto largo y sabroso.

Son buenos acompañantes de entremeses, platos ligeros y carnes blancas, en realidad combinan perfectamente con la mayoría de platos.

Rosados con barrica:

Aunque no ha sido una práctica generalmente utilizada, en la actualidad, están muy de moda en algunos mercados por su singularidad. Los rosados fermentados en barrica presentan un color cereza con un ligero ribete asalmonado. Los aromas son intensos de fruta en primer plano, siguiendo con sutiles destellos de maderas tostadas. En boca muestran una buena densidad y expresividad frutal, con un final persistente y complejo.

Los criados en barrica dan lugar a vinos de reserva y gran reserva. Sin duda alguna rompen los moldes convencionales de lo que se entiende como vino rosado. Tienen un color evolucionado rosa pálido, casi salmón y piel de cebolla, en nariz se aprecian las notas especiadas, flores secas y un recuerdo frutal, en boca suelen ser frescos con cuerpo, complejos y de postgusto largo; en definitiva.

Tintos jovenes:

Existen dos métodos de elaboración del vino tinto: La maceración carbónica o cosechero, con fermentación en lagar abierto con uva entera, y que en tiempos pasados únicamente era utilizado para vino joven y el de despalillado, en el que se elimina el raspón del racimo antes de la fermentación y que tradicionalmente se ha empleado indistintamente para elaborar vino joven o vino de crianza.

La maceraoón carbónica dota a los vinos de una gran potencia frutal. Los colores en los tintos jóvenes varían del rojo cereza al violeta. La nariz es intensa, floral, con frutas como la frambuesa, la fresa, el cassis y el regaliz. En boca son frescos, vivos, carnosos y con un final en el que siempre aparece la fruta con postgusto largo.

Son buenos compañeros de arrozes, pastas, legumbres, verduras, carnes blancas asadas o en salsa, carnes rojas, pescados de río como la trucha asalmonada, salmón fresco y quesos semiduros y con moho.

El sabor y el aroma directos y accesibles de estos vinos son fundamentales para su gran capacidad de combinación, porque hacen de ellos el acompañamiento idóneo de platos poco complejos, como los de la cocina mediterránea, en la que son especialmente conocidos y apreciados. Sin embargo, también por su sabor y su aroma, estos vinos parecen ser poco adecuados para acompañar platos refinados y lujosos.

Este tipo de tintos es adecuado para un banquete alegre, al mediodía, en el que no se busca la degustación sublime sino que, sobre todo, se desea saciar el apetito y aplacar la sed.

Tintos con crianza en barrica:

La crianza en barrica es una etapa fundamental en la vida del vino, ya que permite potenciar sus características organolépticas en función del tipo de madera, edad y tiempo de permanencia en ella.

Los vinos impregnados de madera entran de forma excelente con carne asada o a la parrilla, con aves y con verdura. Las proteínas y los azúcares caramelizados que se obtienen al cocinar los alimentos a la brasa, son sorprendentemente parecidos a los aromas que los tostados de la barrica confieren al vino. También son buenos acompañantes de legumbres sustanciosas, carnes blancas rellenas, carne de cerdo, vaca, cordero y quesos de oveja y pasta fermentada.

Tintos Reserva:

Son un emblema de calidad, es habitual que salgan al mercado pasados tres años de envejecimiento en bodega, de los cuales, al menos uno, han permanecido en barrica. Generalmente son de color rojo cereza, rubí con ribete teja, la nariz es intensa y compleja, la fruta de la variedad o variedades se combina con los aromas terciarios de la elaboración y con los especiados, balsámicos y torrefactos procedentes de la madera. El sabor es un punto fuerte, son estructurados, redondos y carnosos, a la par que finos, sedosos y elegantes, con una buena frescura. El retrogusto es complejo, largo y muy agradable.

Estos vinos tintos elegantes, especiados y sedosos no buscan distinguirse por su consistencia o su concentración. En ellos destaca sobre todo la finura. El fino equilibrio entre acidez, azúcar y tanino, del que resulta el encanto de estos vinos, debe tenerse en cuenta a la hora de combinarlos con la comida. Por eso buscaremos alimentos acompañados de salsas ligeras y carnes más bien magras.

Tintos Gran Reserva:

Por definición, el Rioja tinto gran reserva es el vino que procede de «añadas excepcionales y que ha permanecido, al menos, dos años en barrica y tres en botella». Estos vinos tienen la particularidad de poseer condiciones primigenias de calidad y estar preparados para su perfecto consumo una vez en el mercado. Cuando hablamos de vino en su sentido clásico, es el de más prestigio.

Son de color rojo rubí, con tonos teja de evolución, y de capa variable que va desde muy profunda, en los modernos, a ligeramente abierta, en los más clásicos. En nariz son intensos, complejos y elegantes, con recuerdos especiados y a fruta y con aromas tercíanos. Tienen gran estructura, con cuerpo, suaves y elegantes. En boca se muestran armoniosos, redondos y con potencia, de final largo y retrogusto con sensaciones variadas cacao, balsámico y mineral.

Lo mejor al descorchar una botella muy añeja es su bouquet. Por eso, es aconsejable probar el vino antes de comer para pdder apreciar sus delicados matices sin falsear. Estos vinos tintos maduros, de compleja variedad aromática pueden aunarse siempre con una comida de características análogas, como los asados de carne roja, platos de caza y quesos curados.

Vinos renovados:

Independientemente de las clasificaciones oficiales. Son vinos modificados en cierta medida a los nuevos gustos y en consonancia con los vinos que producen los llamados países emergentes o del Nuevo Mundo. En este caso, el protagonismo está presente en la tecnología, en los modernos métodos de elaboración y viticultura. Son vinos en los que la fruta adquiere un gran protagonismo, la crianza suele ser más corta y con madera nueva. El resultado es un vino limpio, con fruta, de medio cuerpo, hecho para poder agradar el paladar de un gran número de personas.

Vinos de autor, alta exprexión o diseño:

El elaborador apuesta por dar a cada vino el tiempo en barrica que considere adecuado en función de las características específicas de cada añada y del estilo. Ya que una barrica completamente nueva aporta muchísimo sabor y una estancia demasiado prolongada en la misma provocaría un vino excesivamente maderizado. De esta forma el criterio del elaborador no tiene por qué corresponderse con lo que establece la legislación al respecto, opta por trabajar “en libertad” y prescindir de los indicativos tradicionales de crianza.

Son vinos procedentes de viñedos viejos de poca producción, donde la piel de la uva es especialmente gruesa, aportando a los vinos una gran intensidad aromática, de mucho color, con gran concentración y alta graduación. Se intenta extraer lo mejor del viñedo, reivindicando el concepto de terruño y manteniendo la personalidad de la viña.

Son vinos de color concentrado y oscuro, con una estructura opulenta de tanino y extractos que les otorga un carácter verdaderamente firme. Sus componentes frutales recuerdan a las zarzamoras, las ciruelas y las cerezas negras. Además, su aroma está impregnado de una diversidad de tonos más bien oscuros, que pueden ir desde el olor a hierba, a chocolate y a café, hasta la fragancia del tabaco, el cuero, y el humo. Su porcentaje de alcohol relativamente elevado y la estancia en barricas de madera (a menudo nuevas) confiere a esos vinos un cierto dulzor gustativo y una consistencia sedosa, al mismo tiempo que el tanino les da un sabor más o menos amargo en el paladar. Estos vinos contienen los tres sabores de base, es decir, el amargo (tanino), el dulce (alcohol y glicerina) y el ácido (acidez del vino). Por eso resultan extraordinariamente plenos al paladar y abarcan casi todas las diferentes zonas gustativas sensibles de la boca.

Lo más sencillo para suavizar e integrar los marcados taninos de estos vinos es maridarlos con los aromas de tiernas verduras ligeras y dorada con una tendencia al sabor dulce, como la cebolla, el ajo o las zanahorias. Además los tintos de esta clase son especialmente saludables en combinación con platos de carne, gracias a los numerosos fenoles que contienen, entre ellos, el tanino. También se recomienda tener cuidado con la comida muy salada, ya que la combinación de alcohol y sal provoca un sabor amargo. Por ese motivo el gusto salado nunca debería destacar en los platos que se sirven con vinos tintos ricos en tanino; los ingredientes deberían estar sazonados con hierbas aromáticas y especias.

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