jueves, 16 de agosto de 2012

El Vino de Toro


EL VINO DE TORO

Más al este, en el curso del río Duero y en la frontera entre Zamora y Valladolid, al lado de la DO de Rueda, Toro destaca por sus tintos robustos e intensos. Posiblemente, la primera revolución en los tintos de Castilla y León siempre dominada por los vinos ribereños. Cuando los elaboradores de Toro se decidieron a mejorar las elaboraciones y a embotellarlas, el éxito estaba asegurado. Ya hace años que los vinos de Toro han dejado de ser un descubrimiento para consolidarse en el panorama vinícola español. Prueba de ello son el gran número de bodegas que van surgiendo en estos últimos años.

Encontramos vestigios de la actividad vinícola en Toro anterior a la época romana. Posteriormente, la extensión de los viñedos y la producción de vino va ligada a los monasterios y al esplendor medieval, siendo la ciudad de Toro uno de los importantes centros políticos de la época. Sus vinos recibieron privilegios reales, vendiéndose incluso fuera de la zona. Muchos monasterios, inclusive la catedral de Santiago de Compostela, poseían viñedos en Toro para producir vino. Potente, fuerte, el tinto de Toro se servía en la mesa de los profesores de la universidad de Salamanca desde 1215.

Posteriormente, por su graduación y su capacidad de conservación, eran llevados formando parte de los víveres en las travesías del descubrimiento de América. Como otros vinos peninsulares, llegaron hasta Francia en el ataque del la filoxera. En 1997, se reconoció la Denominación de Origen Toro.

Al sureste de la ciudad de Zamora, extendiéndose por esta provincia y parte de la vecina Valladolid, se encuentra la DO Toro. Comprende 12 municipios en la provincia de Zamora (Argujillo, Bóveda de Toro, Morales de Toro, El Pego, Pelegonzalo, El Piñero, San Miguel de la Ribera, Sanzoles, Toro, Valdefinjas, Venablo y Villanueva del Puente) y 3, en la provincia de Valladolid (San Román de la Hornija, Vilafranca del Duero y Pedresa del Rey). El territorio, que ocupa unas 6.000 ha de viñedos aproximadamente, de las cuales 4.600 ha están inscritas, incluye las comarcas naturales de «Tierra del Vino» y las riberas del Duero, del Guareña y del Talanda.

Las viñas se asientan sobre suelos profundos, sueltos, a veces pedregosos, de escasa fertilidad y con suaves ondulaciones en el terreno, parecidas a otras zonas de Castilla y León. Los de la margen derecha del Duero, en las proximidades de la llamada Tierra del Pan, en parte de Toro y en San Román de Honija, son muy antiguos: terciarios del eoceno. Los de las riberas del Duero y del Guareña, que determinan terrazas aluviales-diluviales, pertenecen al mioceno. Los suelos son de tonalidades pardocalizas en las tierras provenientes de calizas y la descomposición de areniscas. La mayoría de los viñedos los hallamos en textura arenosa y ligera, terrenos fáciles de trabajar y calientes. La capacidad refractaria del terruño adelanta la maduración debido al mayor calor que llega a la uva. Este aspecto produce vinos de mayor calidad.

El clima de esta zona del noroeste de la comunidad de Castilla y León es continental extremado, de carácter definidamente árido, con niveles de pluviosidad entre los 350 y 500 mm anuales. El dominio esporádico de vientos del oeste hace subir la pluviosidad en los meses invernales, lo que tiene efectos beneficiosos para la vid. Las horas de sol anuales llegan a 3.000 y las heladas de invierno están garantizadas desde la última semana de octubre hasta la primera semana de mayo.

Las variedades de cepas predominantes son la tinta de Toro y la garnacha para las tintas, mientras que la malvasía y la verdejo configuran las principales variedades blancas.

Sorprende apreciar que, a pesar de la aridez y de la extremada climatología de esta zona, los vinos blancos son productos del todo exquisitos. Si se fermentan en frío, mejoran considerablemente. Los vinos tintos recios son, sin lugar a dudas, los que mayor prestigio y fama han dado a esta denominación de origen. Vinos que gustativamente presentan una buena estructura tánica con una acidez sostenida que hace los vinos más ligeros. Se caracterizan por el aroma, el buqué y el cuerpo: afrutados cuando son jóvenes, adquieren finura de color, suavidad de boca y complejidad en nariz tras una crianza en madera. La mayor expresión de los vinos de Toro lo encontramos en las viejas vides que consiguen de una forma natural el perfecto equilibrio entre acidez, polifenoles y alcohol. Un gran hallazgo para nuestro paladar.

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