martes, 14 de agosto de 2012

Historia del Vino de Ribera del Duero


HISTORIA DEL VINO DE RIBERA DEL DUERO

Zona vinícola de Castilla y León (España) que produce grandes vinos tintos. La región se extiende, a lo largo de unos 100 km, por el curso del Atto Duero. Comprende 19 municipios de Valladolid, 4 de Segovia, 19 de Soria y 60 de Burgos (ésta destaca con el 85 % del viñedo). Probablemente, los romanos cultivaron el viñedo en esta comarca y crearon lagares para abastecer a sus legiones, pero fueron las órdenes monásticas quienes propagaron la vid en la meseta ibérica. En el siglo XII, los monjes de Cluny elaboraban ya vino en Valbuena.

En la Edad Media las viñas del Duero se cultivaban en porte alto, como aparecen representadas en las miniaturas del Beato de Liébana. En los mismos textos miniados se ven las prensas de viga larga que se utilizaban para estrujar la vendimia. Como escribe Hugh Johnson, «el Duero elaboraba probablemente los mejores vinos, porque sus consumidores eran los habitantes de las más importantes ciudades de Castilla. Burgos, Salamanca y, por encima de todas, la capital, Valladolid». Los vinos que se elaboraban en Valladolid y Burgos en el siglo XVI eran tintos oscuros y, al parecer, no tenían la raza que caracteriza a sus sucesores.

En 1846, la familia Lecanda fundó una bodega a orillas del Duero, frente a Valbuena, donde aclimataron algunas cepas internacionales, como la cabernet sauvignon, la merlot y la malbec. Muy pronto, aquellos viñedos produjeron un vino excepcional que, al cabo de los años, recibió el nombre de Vega Sicilia. Vega Sicilia fue, durante más de un siglo, una isla en medio de una región desconocida. Los pequeños viticultores de la comarca sólo tenían medios para elaborar vinos locales y rústicos, que no podían competir con el fabuloso tinto de Valbuena.

El vino castellano está tan integrado en la historia del país que sus propias crisis corresponden a crisis culturales. Y asi la filoxera se abate sobre el Duero en 1898, coincidiendo con la pérdida de Cuba y Filipinas y dejando a los españoles sin vino que ayude a soportar los lamentos de aquella generación dorada, triste, reflexiva y meditabunda. Después de la filoxera, Vega Sicilia consiguió recobrar su prestigio gracias a la iniciativa de TxomÍn Garrabiola, pero la mayoría de los vinos de la Ribera del Duero continuaron en el anonimato hasta que Alejandro Fernández, un castellano de personalidad inteligente y tenaz, fundó, en los años setenta, una bodega capaz de elaborar un vino excepcional. Fernández creó su bodega en Pesquera de Duero y, en 1975, elaboró una reserva que asombró a medio mundo. El primer tinto Pesquera era un vino impresionante y racial, sostenido por el nervio vegetal del raspón, encarnado en la materia sensual de unos taninos bien macerados, enaltecido por intensos aromas de bayas maduras y ciruelas pasas, con misteriosas notas de grafito y humo que aparecían fundidas en la riqueza generosa tan típica de los vinos del Duero.

En 1982, la comarca vitivinícola de la Ribera del Duero obtuvo su propia DO. Entonces la iniciativa de las bodegas tradicionales (Vega Sicilia, Pesquera, Arroyo, Peñalba, Pérez Pascuas) fue respaldada por el trabajo de los pequeños viticultores, que cada año elaboran algunos vinos excepcionales que se pueden contar, por derecho propio, entre los mejores tintos de España. Esta leyenda de oro se fortaleció con el aporte de buenos enólogos y entusiastas inversores: Sandoz, Peter Sissek, Mariano García..., amén de las firmas clásicas que han seguido creando joyas como Alión o Condado de Haza.

Los grandes vinos de esta denominación, verdaderos gigantes de pigmento oscuro y corazón salvaje, han marcado un cambio definitivo en la apreciación que el consumidor español tiene hoy de los nuevos vinos tintos. Los que aman los tintos con buen color, con noble graduación (13- 13,5°), con poderoso tanino y aristocrática presencia, deben estar siempre atentos a las obras de arte que nacen en la Ribera del Duero.

Estos viñedos de altiplanicie se extienden por ambas orillas del Duero, generalmente muy próximos al río (la zona más ancha apenas alcanza los 30 km). Ambos márgenes del río están formados por terrazas aluviales-diluviales. Así, las tierras más bajas se dedican a cultivos de regadío; el cereal ocupa las cotas más altas de paramera. El viñedo se cultiva en las terrazas intermedias, aunque algunos viticultores prefieren zonas altas «donde la vid se hiela».

El relieve es ondulado. Alternan las tierras llanas y pedregosas del valle con las escarpadas colinas, a veces coronadas de altivos castillos y salpicadas de pinares y bosques. El terreno, de El Burgo de Osma a Quintanilla, cae desde los 900 m de altitud hasta los 700 m. El viñedo se extiende también por los valles colaterales del Duratón, Gromejón, Bañuelos, Arandilla y Riaza. El clima es continental, con temperaturas extremas: veranos cálidos e inviernos muy fríos. La pluviosidad oscila entre los 400 l de Sardón y los 560 l de Aranda. La luminosidad es alta, alcanzando su máximo en las 2.750 horas de sol de Valbuena. El otoño suele ser frío y moderadamente húmedo, aunque las lluvias no suelen afectar a la vendimia. Las heladas de primavera (mayo) son frecuentes, determinando diferencias sustanciales entre las cosechas. Las máximas graduaciones de alcohol se consiguen en los viñedos de Peñafiel y Pesquera.

Las viñas ocupan principalmente terrenos terciarios de fácil labor, constituidos por arcillas, con presencia de cantos rodados, que favorecen la maduración de los racimos en los meses soleados de octubre. Las laderas calcáreas más altas ofrecen, en ciertas cosechas, vinos de calidad excepcional. Hay también suelos arenosos, inmunes a la filoxera, ocupados por pinares. Pero es importante preservar el patrimonio de las Denominaciones de Origen y, para ello, nada mejor que delimitar los pagos donde nacen los mejores vinos: Hacienda Monasterio, Pago de Carraovejas, Finca Alenza, Dehesa de los Canónigos, etc.

La variedad más tradicional de la zona es la tempranillo, llamada tinta del país o tinto fino, que ocupa más del 80 % del viñedo. Esta variedad ofrece aquí más pigmento y mejor acidez frutal que en otros climas españoles, permitiendo elaborar vinos más elegantes, mejor estructurados y muy ricos en extracto. También se cultiva la tinta garnacha y algunas cepas internacionales, como cabernet sauvignon, malbec y merlot. Estas últimas producen, en Valbuena, vinos de 13° que soportan un largo proceso oxidativo de crianza, evolucionando hacia deliciosas virtudes generosas: vinos ricos en extracto seco y en elegante acidez, que funden sus jugosos taninos en el tostado y ahumado roble añejo. En menor medida, hay plantaciones de albillo (una variedad blanca que, todavía, algunos elaboradores mezclan en las cubas de tinto), bobal, etc. Las condiciones naturales de la comarca se ven potenciadas hoy por el empleo de modernas técnicas enológicas. Así, junto a los grandes vinos de Valbuena y de Pesquera, de Finca Villacreces, Pingus o Hacienda Monasterio, hay que incluir algunos tintos jóvenes que se obtienen con métodos modernos de maceración carbónica. Los tintos de crianza permanecen al menos dos años en envase de roble (máximo de 250 l) y botella. Algunos elaboradores mantienen intencionadamente algunas tradiciones «rústicas», fermentando sus tintos «a la romana», sin despalillar, para dar personalidad a sus vinos. Destacan muy excepcionalmente los tintos de intenso pigmento, amplia perspectiva aromática y fino tanino aterciopelado. Se elaboran también buenos rosados.

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