sábado, 25 de agosto de 2012

La Densidad de Plantación en Viticultura


LA DENSIDAD DE PLANTACIÓN EN VITICULTURA

La adopción de mayores distancias de plantación ha permitido una mayor mecanización del viñedo, y también ha permitido a la industria mecánica vender tractores de dimensiones estándar a los viticultores, obligando a estos a adoptar las distancias entre las líneas en función de las dimensiones de los medios mecánicos.

Esta tendencia al aumento de los marcos de plantación se ha difundido menos en otras viticulturas europeas (Francia y España sobre todo), bien sea por una mayor rigidez de las normas de producción de los vinos con DOC, o bien por las fuertes exigencias ambientales (temperatura y pluviosidad) que no permiten maduraciones regulares de la uva si la producción por cepa es demasiado elevada.

Según los principios de la escuela francesa clásica, en viticultura rige el principio de que a elevadas densidades de plantación corresponden las mejores producciones, tanto en calidad como en cantidad/ha. A este propósito, dicha escuela considera que los mayores obstáculos a la obtención de productos de calidad residen en las prácticas de forzado, que pueden ser aplicadas por el viticultor sólo en vides cultivadas con marcos amplios.

Las mayores distancias entre las cepas han obligado al viticultor a adoptar portainjertos más vigorosos, abonados y riegos menos equilibrados y podas más fuertes. Los efectos más aparentes del cambio de la densidad de plantación se manifiestan en el sistema radicular, en la diferente duración del ciclo vegetativo y reproductivo y en la distribución de los elaborados entre pámpanos, racimos y reservas en la madera.

La densidad de plantación y la consiguiente disposición de las plantas en el viñedo representan, uno de los principales factores de adaptación de la variedad al ambiente, aquellos que más influyen en la composición química final del mosto.

Las relaciones espaciales entre las plantas modifican fácilmente la disponibilidad de luz y de terreno, a través de la preparación del grado de colonización del terreno por parte de las raíces y de la energía luminosa por parte de las hojas.

Las consecuencias se pueden evaluar en la producción de materia seca total y parcial, y en las modificaciones del microclima de la baya y de las hojas.

Se puede estimar que la reducción de producción/cepa, como consecuencia de la adopción de las altas densidades, se compensa ampliamente por hectárea, de modo más que proporcional, al aumentar el número de cepas.

Por ejemplo, si el espacio disponible por cepa se reduce en un 30%, la producción por planta se reduce solamente en la mitad, por lo cual la producción por hectárea con densidades mayores resulta más elevada, sin disminuciones significativas de la calidad del vino.

La elección de la densidad tiene gram importancia ya que representa, junto con la del portainjerto y la de la orientación de las líneas, uno de los factores permanentes que una vez elegidos no se pueden modificar fácilmente en el curso de la vida de un viñedo Normalmente, los parámetros climáticos son los que más influyen en la elección de la orientación de las líneas y de las densidades, no siendo posible a priori conocer cuál es la densidad óptima para cada zona. Esto explica los resultados productivos y cualitativos bastante homogéneos obtenidos con marcos de plantación muy diversos en zonas vitícolas situadas en condiciones climáticas caracterizadas por diferentes disponibilidades energéticas (agua y temperatura).

Las altas densidades de plantación suponen normalmente la adopción de formas de cultivo poco extendidas y bajas. Esto puede ser un problema en ambientes fértiles en los que los portainjertos más débiles no pueden hacer que la vid tenga un desarrollo reducido, por lo que es difícil mantener los racimos alejados del microclima húmedo próximo al suelo. Análogamente, puede llegar a ser difícil el laboreo bajo las cepas.

En estas condiciones, la excesiva espesura puede a veces provocar el efecto contrarío al deseado, debido a la competencia que se establece entre los pámpanos por la captación de la energía solar, o bien causar reducciones en la producción por el excesivo vigor de los pámpanos.

Estos aspectos de la competencia entre las cepas son más reducidos en los primeros años de plantación (sobre todo para las altas densidades de plantación sobre la fila), y la producción de uva por hectárea llega a su régimen más rápidamente.

La utilización del número de yemas/ha como índice de evaluación y de clasificación de las formas de cultivo ha contribuido en los años 60 a la subvaloración del papel de la densidad de plantación en la calidad del vino. Por ejemplo se afirma que una forma de cultivo con 100.000 yemas/hectárea es considerada extendida, como el emparrado, no se considera que la misma carga de yemas pueda estar presente en una hectárea con cultivo en árbolito. La diferencia está constituida por las yemas/cepa y por el número de cepas/ha. En efecto, el emparrado presenta generalmente unas 1.000 cepas/ha y por tanto 100 yemas/cepa, mientras que el árbolito supone aproximadamente 10.000 cepas/ha y tiene 10 yemas/cepa.

La calidad de los vinos producidos por las dos formas de cultivo, a igualdad de variedad y de ambiente de cultivo, es muy diferente. Existe otra escuela de pensamiento, que por el contrario propone el estudio de la relación densidad de plantación/calidad del vino que teniendo en cuenta la denominada «fisiología de la planta entera». Este considera que la planta es una unidad de estudio indivisible, porque su resultado productivo y cualitativo es el fruto de complejos mecanismos de interacción y de equilibrio entre los órganos de la planta (Carbonneau, 1980). La misión del viticultor es precisamente favorecer, en función del ambiente de cultivo, la expresión armónica entre los componentes vegetativos y reproductivos de la planta.

Otra modalidad de evaluación de la eficiencia cuantitativa y cualitativa, teniendo también en cuenta las ya imprescindibles exigencias de mecanización, es la de considerar la línea como la unidad productiva del viñedo, partiendo de la constatación de que el aumento de las cepas por línea incrementa moderadamente la productividad de la misma línea, mientras que el aumento del número de líneas por hectárea provoca una disminución de la productividad de la línea, pero en menor medida que el incremento del número de líneas. Esto conlleva un aumento de la producción por hectárea, pero sin reducciones significativas de la calidad del vino. En los años con evolución estacional desfavorable, la productividad de la «unidad de línea» disminuye en mayor medida que la inducida por el aumento del número de líneas por hectárea, provocando por consiguiente una reducción de la producción por hectárea.

Se puede afirmar en síntesis que la distancia entre las vides en la línea controla mejor la calidad de la uva, a través de la producción/cepa y la relación entre superficie foliar expuesta/uva, mientras que la distancia entre las líneas controla la producción por hectárea.

DENSIDAD DE PLANTACIÓN, DISPOSICIÓN DE LAS PLANTAS Y DENSIDAD DE LAS RAÍCES

La densidad de plantación, al modificar la densidad de las raíces en el suelo, influye en el volumen del suelo explorado y por tanto en la absorción de agua y de los elementos minerales. La importancia de los fenómenos de exploración está también condicionada por la fertilidad del suelo (es mayor en los más fértiles) y por las características genéticas de los portainjertos (grado de adaptación a los factores limitantes y potencial vegetativo).

En terrenos más fértiles, las diferencias que se encuentran entre los comportamientos de los sistemas radiculares con diversas densidades de plantación son menos observables, y las consecuencias sobre las relaciones entre producción de uva y desarrollo foliar son menos manipulables a los fines de lograr su mejor equilibrio.

Normalmente, la presencia de raíces/cepa es menor para las vides de plantaciones densas, pero la cantidad de raíces presentes en un metro cuadrado de terreno explorado experimenta un incremento más que proporcional pasando de plantaciones poco densas a densas. Esta diferencia tiene un especial valor en terrenos pobres y áridos, en los que la malla de exploración de las raíces debe ser particularmente densa y extendida.

Las mejores condiciones de desarrollo de las raíces tienen lugar con una disposición de las cepas en cuadrado, pero desgraciadamente la necesidad de mecanización impuesta por los tractores de dimensiones estándar, y la exigencia de disponer al mismo tiempo de densidades de plantación media a alta, han impulsado las elecciones de los viticultores hacia grandes distancias entre las líneas, reduciendo al mismo tiempo las distancias entre las vides sobre la línea. Esta disposición en rectángulo no es favorable para un desarrollo equilibrado de las raíces, sobre todo con densidades bajas de plantación. Asimismo, la reducción de producción de uva por hectárea, debida al espesamiento de las vides sobre la fila en las disposiciones más apretadas en rectángulo, no es compensada proporcionalmente por el aumento de la producción por cepa como consecuencia del ensanchamiento de las líneas, y con líneas anchas se obtiene la reducción del índice foliar.

El efecto de la rectangularidad es por otra parte cualitativamente diferente en el curso de la vida del viñedo, ya que en el momento de máxima competencia entre las plantas se encauza sobre todo hacia los aspectos de la producción y mucho menos hacia los de la vegetación. El encespedamiento de la calle y el desyerbado sobre la línea acentúan el efecto negativo de las disposiciones en rectángulo, ya que limitan posteriormente la exploración de las raíces en la calle.

DENSIDAD DE PLANTACIÓN, EXPOSICIÓN FOLIAR Y REFLEJOS EN LA CALIDAD DEL VINO

Densidad de plantación, exposición foliar y reflejos en la calidad del vino
En términos generales, las altas densidades de plantación mejoran la cantidad de luz interceptada por el aparato foliar, ya que se reduce la cuota de energía perdida en la calle, y aumenta en cambio la cantidad de hojas bien expuestas, debido a una disposición más homogénea sobre la pared de la cubierta vegetal.

Las numerosas investigaciones realizadas al comienzo de los primeros años de 1900 en muchas regiones vitícolas, tanto europeas como en el Nuevo Mundo, han confirmado que la evaluación del potencial vegetativo de una vid, fuertemente condicionado por el vigor de la combinación de fijación de la energía solar disponible y de la fertilidad del suelo, es el criterio más importante para determinar la densidad óptima de plantación.

En base a estas experiencias, se puede afirmar que ésta puede variar de 2.500 a 3.500 cepas/ha según la variedad y el objetivo enologico en ambientes fértiles, cálidos y muy soleados, con una densidad mínima de 5.000 cepas/ha de las zonas más pobres y secas.

Según Champagnol (1984), la densidad de 5.000 cepas/ha es el límite inferior para estas situaciones pedoclimáticas, mientras que la superior está representada por la densidad que induce una disminución de producción y de calidad de la uva a causa del excesivo amontonamiento de la vegetación, que reduce la fotosíntesis, obstaculiza la maduración y favorece los ataques parasitarios.

Por el contrario, si en ambientes pedoclimáticos poco favorables se utilizan densidades de plantación demasiado bajas, se produce un empeoramiento de la calidad porque la relación superficie foliar/producción de uva por cepa disminuye, el microclima de las hojas y de las bayas influye negativamente en los transportes y las plantas suelen tener un exceso de vigor.

Para cada situación pedoclimática, para cada combinación de injerto y para cada tipo de vino que se quiere producir, existe una densidad óptima de plantación que no se puede fijar a priori, sino que debe ser el resultado sobre todo del conocimiento profundo de la zona en la que se trabaja, y por tanto de la experiencia.

En 1868, Guyot afirmaba que en términos generales el número de cepas por hectárea debe ser más elevado en los climas más frescos y en los suelos pobres.

En ambientes secos se deberían evitar densidades de plantación demasiado altas, porque éstas reducen la exploración de las raíces y por tanto se produce un escaso abastecimiento hídrico durante el verano. La actual disponibilidad de tractores de paso reducido permite, donde la pendiente es compatible con la seguridad del operario, adoptar densidades muy elevadas de plantación, en torno a las 6.500-7.000 plantas/hectárea (con 2 x 0,80 m y 1,80 x 0,70 m, respectivamente), sin tener que recurrir a tractores zancudos, que si por un lado permiten densidades en tomo a las 10.000 plantas/ha, por otro hacen aumentar considerablemente los costos de producción de la uva y sólo pueden ser introducidos en fincas de grandes dimensiones.

Numerosas investigaciones realizadas con el objetivo primario de evaluar la calidad del vino producido por medio del análisis de algunos constituyentes finales, como la materia colorante y la riqueza sensorial, han demostrado que mientras se tiene una notable diferencia entre los vinos producidos por viñedos con 2.500 y 5.000 cepas/ha, éstas son mínimas con densidades comprendidas entre los 7.500 y
10.000 cepas/ha.

Intrieri (1995) propone algunos índices para evaluar por medio del equilibrio fisiológico, que debe caracterizar una vid capaz de dar uva de calidad, la densidad óptima de plantación para cada modelo vitícola. Estos índices son:

1. La relación entre los m2 de superficie foliar total y los m2 de superficie expuesta a la luz (valor ópti¬mo = 1,5 - 2,5) y que expresa en la práctica la mitad del número de los estratos foliares que componen la pared de un viñedo;
2. La relación entre los m2 de superficie foliar total y la producción en kg de uva (valor óptimo = 1 - 1,5);
3. La relación entre la uva producida (kg) y la ma¬dera de poda (kg) (valor óptimo = 8-12).

Fuente: A. Scienza, F. Campostrini.

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